Saludos Pablo, se que te encuentras en los predios de la majestuosidad del Supremo, de tan solamente mencionarlo los pelos se me erizan. Ha pasado mucho tiempo desde que cumpliste tu misión aquí en la tierra y tu legado sigue presente. La iglesia sigue de pie sirviendo como base fecunda a su enfática labor de conducir los fieles a los atrios de Dios. Eres sin duda un gran campeón que se entregó en cuerpo y alma a la causa de Cristo. Como me hubiera gustado conocerte, mi admiración y mi respeto por tu persona siguen creciendo más y más cada vez que me adentro a tus escritos. Como decía mi abuelo, “Hay que quitarse el sombrero”, ante esa gran expedición espiritual que concebiste desde aquel momento en Damasco en que Dios cambio tu vida. Pienso y estoy seguro que antes de que estuvieras en el vientre de tu madre Dios te pensó para que revolucionaras la comunidad romana como nuevo guerrero del ejército de Jehová. Tu pasado sirve de referencia de como Dios puede cambiar a las personas no importando su rango, clase, raza, religión o lo grave de sus actos.

Tu personalidad está llena de virtudes y defectos que fueron el conclave para establecer unos parámetros de los ideales y fundamentos cristianos que querías inculcar. Freno en este momento y con tu permiso me parquearé en la zona roja de tu carácter para entonces continuar rumbo por las avenidas de tus virtudes que configuraron tu espíritu de lucha y entrega. Trataré de hacer una cirugía precisa y concisa del asunto para que nuestros hermanos en Cristo que también leen las conozcan más de cerca. Como mortal que soy comprendo a cabalidad que todo defecto humano es signo de debilidad y la perfección es una ilusión. Al igual que tu Pablo (perdona que te tutee) he sido ordinario y pesado dentro de mi razón de ser, llegando a optar posturas drásticas sin calibrar las consecuencias. Ambos tenemos algo en común, somos como tanques de guerra que no suelen dar marcha atrás. a menos que nuestro padre nos lo sugiriera. No obstante, tu prudencia no tenia concesiones llevándote a la enemistad con quienes no compartían tu proceder.

De vez en cuando eras dramático, waooo, te convertías en el mejor actor del momento compitiendo por un Oscar. Eras obstinado y a veces indisponías hasta tus mismos colaboradores, eras sarcástico con tus adversarios a quienes humillabas incluso llegando al insulto y cuando se levantaba el gallinero tu paciencia se agotaba explotando en pedazos. En Hechos 23:3 botaste la pelota cuando insultase al sumo sacerdote que te obligó a comparecer ante el sanedrín. Cuando discutías en las sinagogas me contaron que te ponías brusco, Hechos 18:6, “Pero oponiéndose y blasfemando estos, les dijo, sacudiéndose y rasgando los vestidos - Vuestra sangre sea sobre vuestra propia cabeza, yo, limpio, desde ahora me iré a los gentiles”.

Tengo la certeza amigo Pablo que todos estos defectillos irradiaban ante esa energía inmensa que te arropaba a la hora de evangelizar y llevar la palabra de Dios. Sin embargo, me enteré de tus magnificas virtudes que matizaban en gran medida esa parte oscura de tu carácter. Siempre jugaste limpio en la vida, primero como judío realzando las excelencias de la ley y luego como cristiano, ofertando el evangelio. Jamás te doblegaste ante las exigencias de tu ideal, preferías mantenerte callado antes que hacer concesiones a quienes exigían modificar tu mensaje. El compromiso fue tu mayor distinción porque por tus poros traspiraban la palabra entrega. Esa entrega con todos era magnifica puesto que así lo exigía tu forma de vivenciar el evangelio el cual invitaba a fusionarte con los demás.

No había seminarios o institutos bíblicos que te proveyeran pastores entrenados. Así que tenías que trabajar duramente para hacer pastores de tus convertidos, hombres rescatados de las tinieblas, que venían de los rangos comunes de la vida, tenías que trabajar con lo que tenías a mano y hacer lo mejor que podías. Sin seminarios, sin edificios para iglesias y posteriormente con una cruel persecución y sin embargo, es llamativo que la iglesia progresó y se multiplicó más rápidamente que en cualquier otro momento de la historia. Se preguntan ¿por qué? Una de las causas es, que la Iglesia tuvo que concentrarse en lo esencial (la predicación del mensaje) y no perder tiempo en lo superficial (reuniones, juntas, asambleas, planes, planes y más planes que nunca se concretan, actas administrativas, etc.etc.) En ti estaba Jesucristo para evangelizar el mundo, haciendo uso de tus manos y de tus pies, de tu lengua, tu cerebro y tu corazón, para hacer la obra que no le fue posible hacer personalmente a causa de los límites de la misión que tenía que cumplir.

De esta manera amigo Pablo, cierro mi pluma con la mayor alegría y satisfacción de que tu firmeza fue de primera soportando muchas veces los rigores físicos con una frase que me gusta mucho y que fue tu gran estandarte “VIVO, PERO NO YO, SINO CRISTO EN MI”


EDWIN VAZQUEZ

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