Por: Samy Nemy Santos

Andrea, una joven a la que la agitada vida la consumía con entregas de proyectos de la universidad, su trabajo secular, reuniones de planificación con sus compañeros y una que otra vez apremiada por el tiempo lograba asistir a las reuniones con su familia. Su madre, entre los vaivén de su pequeña le adjuntaba junto a su lonchera, pequeñas notitas en las cuales le recordaba lo mucho que la amaba y lo satisfactorio que sería al final de su esfuerzo conseguir sus tan anheladas metas; no faltando nunca un versículo que le alentara y le trajera a memoria que el Brazo del Señor estaba con ella.


Cierto día, como de costumbre entre los apuros se percato que no encontraba aquel hermoso cuaderno que tanto amaba por ser uno de los regalos más preciados de su abuela. Lo había estado guardando para la ocasión ideal y está, había llegado; pero entre sus arrebatos y molestias por su falta de tiempo, no lo encontró. De inmediato –y como suele hacerse de costumbre- se oyó el estrepitoso grito por toda la casa: “Mamaaaaá”… y de inmediato sube su madre, con la paciencia y el amor con el cual las madres se caracterizan. Si, dime –le respondió su madre, a lo cual entre quejas, una que otra lagrima y el enojo Andrea le explica a su madre que no encuentra su preciado cuaderno. De inmediato y con una suave y dulce vos le responde (mientras se acerca aquel ropero casi olvidado, donde se guardan recuerdos viejos): hijita, ¿recuerdas que dijiste guardarlo para eterna memoria y ponerlo en un lugar seguro? A lo cual Andrea, con su rostro feliz pero a la vez avergonzado, sin palabras pero con un gesto de agradecimiento y de cariño inexplicable, corre a los brazos de su madre y le susurra: “Gracias”.

Muchas veces nosotros, al igual que Andrea en nuestra vida “ya planeada” y a la cual ya nos acostumbramos, queremos con casi inmediata respuesta aquello que tanto buscamos; y aunque a veces no sean cosas malas a nuestra vida, las queremos en el mismo momento. Dejamos de un lado el significado de la palabra Paciencia y si a eso le sumamos la falta de Orden en nuestra vida, las cosas no saldrán bien.

Quisiera resaltar en esta ocasión “La ayuda del Espíritu Santo y su intervención en aquello que Queremos”. La Palabra nos dice en Santiago 4:3 “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”. A lo cual nos sitúa en aquella posición en la cual el Espíritu Santo pondrá los deseos en nuestro corazón que le agradarán al Padre y con ello, las palabras debidas. Recordando que Romanos 8:26 dice: “Y de la misma manera, también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.” Será El quién guie nuestras oraciones y suplicas.

Entonces cuando “No Encuentres Nada” detente a pensar: ¿Estoy pidiendo como al Espíritu le agrada? ¿No será que el Señor no me concede lo que le pido porque me perjudicará? ¿Estaré pidiendo con mis propias fuerzas, dejando de lado al Espíritu Santo? …Es de reflexionar.

Y recuerda… uno más, uno diferente.

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